Reseñas ilustradas

Reseña de

 

"Las mujeres en la
prensa de
Cartagena de Indias",
de Gloria bonilla

Por: Víctor Castillo*

I

Para investigar los imaginarios femeninos en la prensa de Cartagena entre 1900 y 1930 Gloria Bonilla se pregunta: ¿Quién, cómo, dónde y cuándo se condicionan y ordenan las imágenes femeninas en la Cartagena de las tres primeras décadas del siglo XX? ¿Qué instituciones ―la escuela, la familia, la iglesia, el Estado― controlan e instauran el orden social que separa el mundo masculino y el mundo femenino, permitiendo y pregonando un “deber ser” femenino que hace que la sociedad funcione de determinada manera?

 

El escenario político que ambienta el discurso de las mujeres en el periodo estudiado por la autora es el de unas elecciones en las que triunfa el partido Liberal sobre el Conservador (este último había estado treinta años en el poder). Las ciudades se contagian del proceso de la modernidad (las versiones del capitalismo y la industrialización que se sumaron a las costumbres económicas, políticas y sociales del país).

 

Cartagena es el centro de poder del departamento de Bolívar que, a pesar de su precariedad en la prestación de servicios públicos y de salud, es un destino de migración, una oportunidad para tener una vida mejor y más posibilidades de trabajo. Estos elementos socioeconómicos permitieron que, a pesar de que las mujeres estuvieran relegadas al ámbito doméstico, algunas mujeres de la clase obrera tuvieran que salir de la casa a trabajar y encargarse del sostenimiento de la economía familiar (por ejemplo las viudas y las madres solteras).

 

Pese al tinte progresista que estos hechos sugieren, las representaciones de las mujeres que la autora encuentra en los principales periódicos cartageneros ―El Porvenir, El Diario de la Costa, La Época y La Patria― están marcadas por una asociación fuerte de la mujer con el rol de madre (se trata de la identidad principal del género femenino), son de corte conservador y están fuertemente influidas por la Iglesia católica.

 

Los imaginarios femeninos representados en la prensa tienen un carácter ambivalente entre la transformación del rol de la mujer en la sociedad, principalmente a partir de su participación en la esfera pública basada en el trabajo, y la conservación del modelo tradicional en el que la mujer pertenece a la vida privada y a su rol de madre. Valga decir que, a pesar de la ambivalencia, prima el segundo rol de la mujer.

 

Desde un punto de vista metodológico, en primer lugar, la autora simpatiza con la corriente de la “nueva historia colombiana”, que en 1975 retoma algunas premisas centrales de la escuela Annales (Francia 1929) y que se opone a tomar como punto de partida para estudiar la historia la magnificencia de personajes individuales, lo episódico, lineal y teleológico, privilegiando procesos sociales y económicos.

 

En segundo lugar, en esta misma década, el auge de las teorizaciones feministas en Europa y Estados Unidos aporta nuevas herramientas de análisis histórico y social, en especial, desde la perspectiva de género, considerada como la manera de "ver cómo se componen y descomponen los discursos, las representaciones, los saberes y los poderes, los espacios y las prácticas más cotidianas" en una sociedad compuesta por mujeres y hombres. El género, señala la autora, es tanto un objeto como un método de conocimiento.

 

Por otro lado, el concepto de representaciones sociales usado en el trabajo se basa en la definición de Jodelet, que las entiende como  la manera en la que "los individuos incorporan los aprendizajes sociales cotidianos al impregnarse de todos los acontecimientos que suceden en el entorno: pasan a formar parte de su bagaje sociocultural y del conocimiento del sentido común y participa de la construcción de nuestra realidad”.  

 

II

En el primer capítulo, "La historia de las mujeres en Colombia", la autora hace un recorrido por las representaciones del rol de las mujeres en la sociedad colombiana desde la Colonia hasta el siglo XX, pasando por problemas como la doble exclusión de las mujeres en la Colonia a causa de su etnia y su clase social, el silencio de la sociedad patriarcal frente a la situación de las mujeres y el mito de la espiritualidad, la virtud y la belleza femeninas. Aquí también analiza la prensa como fuente de la historia de las mujeres, su influencia en la construcción de la identidad y las relaciones entre periodismo y opinión pública.

 

El segundo capítulo, "Representaciones sociales de la mujer en el espacio privado", se ocupa de la redefinición de los espacios público y privado. La autora examina el proceso de adjudicación de los roles de género y las conquistas y discusiones a propósito del problema de la inequidad de género. Para esto analiza los roles de la mujer en la sociedad cartagenera: niña, adolescente, soltera, casada, madre y viuda, en los que se ve claramente que la educación de la mujer estaba destinada a prepararla para el ámbito doméstico.

 

Allí, la autora analiza además la posición política de la mujer dentro de este mundo familiar. Los periódicos, de manera no explícita, desempeñan una función pedagógica en la que definen ideológicamente “los símbolos, imaginarios, marcos morales, costumbres, formas de actuar, y comportamientos recomendados” que las mujeres deben seguir.  

 

En el tercer capítulo, "Representaciones sociales de la mujer en el espacio público", la autora se ocupa de los roles que las mujeres empiezan a ocupar en el ámbito público y la relación entre mujer, trabajo y economía. Aquí la autora se detiene en aspectos como el salario de las mujeres, las contradicciones entre el rol de trabajadora y el rol en la familia de las mujeres, las funciones públicas de las mujeres concebidas como una prolongación de sus vidas privadas y las condiciones laborales de las mujeres de acuerdo con su posición social.

 

Allí resulta algunas de las profesiones desempeñadas por mujeres: “taquígrafas, telefonistas, mecanógrafas, cajeras, enfermeras, empleadas y dueñas de almacenes, modistas, y trabajadoras domésticas, panaderas, cigarreras, jaboneras, lavanderas, planchadoras, parteras, maestras”.

 

En "Representaciones de la mujer en el mundo público: prostitución y delincuencia", el cuarto capítulo, la autora muestra cómo la prensa contribuye a construir una imagen de las mujeres como un objeto sexual público. Las prostitutas son una muestra de la realidad moral, cultural y social que se vive en los sectores populares. La mujer trasgresora, señala la autora, es representada en la prensa como una criminal. Aquí se compara la delincuencia de las mujeres en Cartagena, Barranquilla, Medellín y Bogotá teniendo en cuenta las condiciones de abuso, violencia y opresión a las que están expuestas en las esferas pública y privada. En este capítulo se examina también cómo la prensa se ocupa del tema de la prostitución como un problema de salud pública.

 

III

En respuesta a su problema inicial (“¿quién, cómo, dónde y cuándo se condicionan y ordenan las imágenes femeninas en la Cartagena de las tres primeras décadas del siglo XX?”) la autora identifica que las mujeres de las clases sociales superiores están regidas por el discurso de la domesticidad o la doctrina de las esferas separadas, de acuerdo con la clasificación masculino-femenino. Incluso las primeras esferas de trabajo femenino son una especie de maternidad social: asistencia a enfermos, magisterio, caridad.

 

Por otro lado, se destaca el papel de las mujeres cartageneras de alta sociedad en instituciones de caridad. En efecto, las instituciones de caridad de entonces tuvieron un auge: desde 1850 la pobreza en Colombia empieza a ser un problema social y la debilidad institucional y la ausencia de la prestación de los servicios básicos para la ciudadanía por parte del Estado, incentivaron que las organizaciones de caridad de mujeres y órdenes religiosas se ocuparan de ayudar a las poblaciones menos favorecidas. Las obras de caridad, junto con las obligaciones religiosas (asistir a misa, etc.), eran una de las pocas oportunidades que tenían las mujeres para salir de la casa y tener un rol público.

 

Las mujeres de los sectores populares (empleadas domésticas, obreras, artesanas, vendedoras) no son las que aparecen en los periódicos, pues se salen del molde que la élite quería configurar: no se quedan en la casa, tienen relaciones sexuales por fuera del matrimonio, son madres solteras, etc. Muchas de ellas, motivadas por su precaria situación o por el miedo a las represalias paternas, abandonaban a sus hijos, abortaban, cometían infanticidio y aparecían representadas en las páginas judiciales de los periódicos como antimodelos femeninos.   

 

La voz que se oye en la prensa del siglo XX, según la autora, es la voz de las élites y su agenda, que está interesada en hacer una representación de lo femenino que favorezca el statu quo político del país. En esa medida, el imaginario lo condiciona una cultura oral determinada por actores tradicionales de poder como la iglesia y el patriarcado.

 

Además, la autora identifica como de manera análoga a lo que sucede en la prensa, los procesos judiciales y de la policía evidencian que las mujeres están sometidas a los hombres de la familia (tío, abuelo, papá, esposo). Estas relaciones de poder generan desigualdades en la vida social y marcan el rol social de las mujeres desde su nacimiento (niña, mujer soltera, esposa, etc.).

 

Finalmente, la autora concluye que entre 1900-1930 la prensa difundió “una imagen de feminidad subyugada y dócil, la de la Virgen María abnegada, compañera dispuesta a perdonarlo todo de un “hombre” con tal de tener la seguridad de un hogar y una familia”. Teniendo en cuenta esta situación de la mujer, la autora señala que lo privado y la subjetividad son herramientas de análisis valiosas para la construcción de identidad.

 

A pesar de que la autora repite una y otra vez que el trabajo tiene un enfoque de género, que consiste en el uso de conceptos y de una epistemología que guía el trabajo ―epistemología de género―, esta aproximación no se desarrolla ni se defienden explícitamente los elementos que componen la herramienta (se dejan unas interesantes sugerencias dispersas en el texto: como la puesta en duda de la relación mujer = instinto maternal o que lo que ocurre en la esfera privada tiene una dimensión política).

 

En suma, no ofrece una respuesta robusta a preguntas como: ¿en qué consiste y qué significa una epistemología que tenga en cuenta el problema de género?, ¿por qué la teoría de género es útil para investigar el problema de la formación de la identidad femenina por medio de la prensa cartagenera en el periodo estudiado?, ¿por qué la teoría de género dista de ser una posición rígida antagónica a la posición “neutra” o masculina que ha dominado la tradición?

 

* Reseña de: Gloria Bonilla (2011) Las mujeres en la prensa de Cartagena de Indias, 1900-1930. Cartagena: Universidad de Cartagena, 2011.

 

Reseñado por Víctor Castillo, asistente graduado de investigación, Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia.

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Reseña de


"Imagining La Chica Moderna.
Women, Nation, 
and Visual Culture in Mexico",
de Joanne hershfield

Por: Andrés Felipe Salazar*

En México, al igual que en otros países latinoamericanos, la discusión historiográfica alrededor de la construcción de la nación en la primera mitad del siglo XX se ha centrado en el rol de las élites políticas -ligadas a una identidad partidista- y los procesos de modernización que afectaron a las sociedades de la región. Por ello, la propuesta de Joanne Hershfield (2008) es novedosa, en tanto piensa un proceso de construcción de nación en el México post-revolucionario desde otro enfoque: la mujer a través de la cultura visual mexicana.

 

En primera instancia, el objetivo del libro consiste en el análisis de las políticas de género que involucraban a la mujer dentro del proyecto modernizador mexicano a través de la cultura visual. Para Hershfield su argumento está ligado a que un análisis del proyecto nacional desde un enfoque de lo femenino brinda una mayor claridad sobre las relaciones de género situadas en este contexto postrevolucionario. Por ende, la hipótesis que se puede identificar es que para Hershfield, la mujer mexicana llega a ser moderna no simplemente por una retórica del nacionalismo y concepción imaginada de la comunidad, sino desde un enfoque transnacional de discursos de género y de la cotidianidad.

 

De este modo, el análisis de las imágenes permite denotar, según la autora, que la mujer mexicana desde la cultura visual no se configura únicamente desde una retórica nacionalista, sino que es un sujeto transnacional-híbrido, es decir que está atravesada por discursos comerciales de género de Europa y de la cotidianidad de las mujeres en México.

 

Esta propuesta que define a la mujer mexicana como un hibrido tiene varias virtudes y desventajas en torno al eje central del libro, el cual es definir el papel de la mujer como una actriz central dentro de la construcción moderna de la nación mexicana. Joanne Hershfield sitúa este proceso no como una mera transición entre un discurso tradicional y patriarcal y uno moderno y liberalizador. Ella plantea el proceso de la modernización mexicana dentro de un espacio de confluencias en las que se inscriben varias modernidades, y el cual está inmerso en un campo de conflictos dentro del sistema patriarcal y capitalista.

 

Esta postura se puede considerar novedosa dentro del análisis historiográfico, pues la tendencia para este problema de la modernidad del s.XX en América Latina, siempre ha tendido a contraponer los discursos (tradicional y moderno) como dos elementos separados y en tensiones. Para ella, la mujer mexicana reafirma ciertas actitudes, como ser un individuo libre y más dinámico en un sistema en el cual la mujer es protagonista en la mano de obra urbana en los treinta o como consumidora.

 

Asimismo, afianza posiciones sociales ligadas a la idea del “ángel del hogar”, donde la mujer juega un rol activo en la formación de buenos valores y le da equilibrio a la estructura social tradicional: la familia. En el análisis de las imágenes se pueden referenciar los múltiples elementos, como productos de hogar y electrodomésticos, los cuales asocian valores de higiene y limpieza con una idea de “buena moral” -pureza- y construye discursos de racionalidad y eficiencia, propios del discurso moderno aspiracional de la élite mexicana.

 

Por otro lado, también la idea de la mujer moderna, de acuerdo con Hershfield, tiene unos elementos locales y nacionales que complejizan la construcción de las mujeres dentro de este proceso. Uno de estos, que genera mayor debate dentro del libro, es la concepción de ciudadanía asociada a la mujer. En esta medida, la noción tiene un sentido experiencial en la cual las mujeres buscan privilegiar la independencia económica mediante su posibilidad de acceso a nuevas labores y consumos específicos: ropa, electrodomésticos, así como su expansión en la esfera pública.

 

En ese sentido, las mujeres, a través de la cultura visual, buscaban que no solo que se enmarcará su condición de ciudadana por sus elementos cosmopolitas (joyas, uso de la plancha), sino que se resaltarán los valores de la cultura mexicana, como el uso de sombreros y la representación de las mujeres de la clase baja como la chica poblana.

 

En segundo lugar, además de innovar en el análisis de la mujer como un actor central en los procesos históricos -en este caso en la post-revolución mexicana- también este libro es innovador en tanto renueva los lineamientos de la historiografía tradicional.

 

Lo primero que hay que decir, es que su aporte no se limita a una sola corriente o perspectiva historiográfica, sino que contribuye a muchas posiciones. Hershfield ha definido su trabajo como un análisis sobre la producción de ideas en torno a la modernidad, y no necesariamente como una historia social de la mujer en el México post-revolucionario.

 

De este modo, se puede ver en el libro que el interés se centra más en analizar las concepciones sobre la modernidad en la mujer mexicana, más que la mujer en sí. Esto también es significativo si se tiene en cuenta que la historia social se centra más en las prácticas del sujeto y sus relaciones con su entorno, así como la historia de las ideas en el análisis discursivo.

 

Hershfield logra un equilibrio entre ambas posturas, pues utiliza el enfoque de género para analizar un proceso más amplio, como lo es la construcción de una nación moderna en un periodo post-revolucionaria. Además de analizar la influencia de ideas cosmopolitas como las de París o New York en las publicaciones, se nutre de cuestiones tangibles, como el rol de las mujeres como emisoras de una cultura nacional y su participación en los conflictos nacionales; por consiguiente, revisa la construcción de un proyecto moderno a partir de prácticas de género concretas.

 

Otras contribuciones de corte historiográfico que hace el libro de Hershfield a la disciplina se relacionan con la historia política y la historia de género. En primera medida, el texto busca pensar un proceso de regeneración política en otras esferas: no se enfatiza en analizar las relaciones entre instituciones y la sociedad civil, sino en observar las relaciones de poder dentro de la cotidianidad. Puntualmente en la domesticación, visualización y construcción de una chica moderna, la cual se debe entender no en el marco de una estructura dominante (patriarcal), sino en el intento de comprender el papel de una mujer moderna en su acción de consensuar y discernir con el sistema social.

 

De esta manera, se revalúan los paradigmas de la historia política y la historia de género centrados en observar lo micro a través de un sistema dominante establecido. Lo que busca Hershfield, más bien, es entender la confluencia entre modernidades de distintos tipos, a su vez, que distintos espacios donde se ejercen las acciones públicas de la mujer.

 

Finalmente, es necesario hacer una observación sobre las limitaciones que presenta el trabajo de Hershfield. Más allá de desvirtuar la propuesta de la autora, lo que se busca es plantear lineamientos para que este tipo de trabajos contribuya a la historiografía cultural en América Latina, la cual se mantiene en plena construcción.

 

En este sentido, una primera limitación que se puede señalar es que el planteamiento de la chica moderna en torno a repensar la concepción de las modernidades, se constriñe a un panorama urbano y no rural. Incluso dentro de los procesos urbanos, algo para replantear dentro de líneas como la historia urbana, lo rural se incorpora como parte de las experiencias cotidianas. En este caso, también sería importante ver el vínculo con las dinámicas rurales dentro de la configuración de la chica moderna en México.

 

Asimismo, otro punto en cuestión es el lineamiento de la autora con relación a la construcción de nación mexicana: según ella, construye su posición sobre México a partir de los conflictos y no dentro de un panorama de estabilidad. Más allá de decir si el México postrevolucionario se encuentra en permanente conflicto, por lo cual no se alcanza un estado ideal, es más factible analizar su problema de investigación dentro del paradigma de las sociedades en construcción; no a partir de un sistema ideal.

 

Reseña de Joanne Hershfield, Imagining La Chica Moderna. Women, Nation, and Visual Culture in Mexico, 1917-1936. Durham, NC and London: Duke University Press, 2008.

 

* Reseñado por Andrés Felipe Salazar, Monitor de Investigación, Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia.

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Reseña de

 

"Out on Assignment
Newspaper Women
and the Making of

Modern Public Space",
de  Alice Fahs

Por: Víctor Castillo*

En 1887 la periodista Nelly Bly simuló ser una enferma mental para ingresar al manicomio de Blackwell’s Island. El objetivo era hacer una nota sobre las duras condiciones de los pacientes psiquiátricos, las situsaciones de maltrato y negligencia que padecían, la falta de recursos asignados al sistema de salud. Diez días en la casa de locos, publicada en el New York World, se convirtió en un éxito masivo. El reportaje dio origen a una investigación más profunda que luego se convirtió en un libro y que también generó cambios en los esquemas de internación psiquiátrica del estado de Nueva York. El caso de Bly es tan solo un ejemplo de toda una generación de mujeres periodistas que a finales del siglo XIX y comienzos del XX empezaron a trabajar en los periódicos de los Estados Unidos como reporteras enfrentándose a los prejuicios y provocando una apertura del espacio público al que las mujeres tenían poco o ningún acceso en la época.

 

Out on Assignment: Newspaper Women and the Making of Modern Public Space de Alice Fahs aborda la vida de esas periodistas poco conocidas en la historia del oficio por dos razones centrales que expone la autora. La primera es la invisibilidad y el menosprecio a la que generalmente están sometidas las tareas desempeñadas por el género femenino. La segunda tiene que ver con un aspecto más sorprendente: los diarios para los que trabajaban estas periodistas eran catalogados de “amarillistas”, destinados nada más que a entretener y por eso considerados de baja o menor calidad. Para Fahs, esa mirada es tan prejuiciosa como la que pesaba sobre la calidad del trabajo femenino. Recuerda que el cine en sus orígenes también tuvo como fin entretener y que eso no impide observar las primeras películas con respeto y admiración. El mismo procedimiento puede ser utilizado para analizar las notas escritas por las primeras mujeres que se abocaron al periodismo.

 

¿Por qué no sentir curiosidad sobre la forma como escribían, cómo abordaban el mundo al que eran lanzadas de repente, cómo, en definitiva, entretenían a miles y millones de personas con sus textos? Pero, por sobre todo, Fahs plantea el vínculo que existe entre el trabajo de las periodistas y las luchas feministas por la independencia y el derecho al sufragio. “No hay duda de que los periódicos fueron un nuevo espacio muy significativo para las mujeres en la vida estadounidense, un espacio en donde discutieron, diseñaron e imaginaron nuevas vidas fuera de la esfera privada e incluso se convirtieron en figuras públicas ellas mismas”, dice la autora.

 

Luego de hacer una breve descripción de los temas que tratará en su libro, Fahs expone en el primer capítulo las características del periodismo y de los los diarios en los que trabajaban las cronistas durante el periodo que aborda su investigación: entre 1870 y 1900. En esas décadas el número de reporteras y editoras pasó de 35 a 2.193, sin incluir en la cifra a las periodistas freelance. La mayoría de las periodistas eran de clase media y raza blanca; aunque también las hubo provenientes de la clase trabajadora -como Rose Pastor Stokes- y de raza negra como Victoria Earle Matthews, Fannie Barrier y Williams Ida B. Wells. La lucha de las periodistas negras por romper lo que se denomina “barrera de color” en los diarios es analizado con mayor profundidad en otro capítulo.

 

Esas características del periodismo de fin de siglo XIX tienen una relación directa con las oportunidades de ingreso de mujeres en los diarios. La autora recuerda que los periódicos más populares de la época eran los que se dedicaban al periodismo amarillo (crímenes y escándalos) y al nuevo periodismo de entonces liderado por Joseph Pulitzer y William Hearst en sus periódicos New York World y Journal, respectivamente. Ambos diarios se destacaban por su buen diseño, por enfocarse en historias humanas de gente común, y por tener en su interior secciones especializadas de deportes, comics, ediciones dominicales, crucigramas, concursos y columnas de consejos. También por tener una página especial para mujeres.   

 

En el segundo capítulo, justamente, se hace un análisis de la página estrictamente femenina. Para los directores de los diarios de la época –y tal vez para los de ahora- había asuntos de mujeres que solo podían ser tratados por ellas. Es por esa vía que las periodistas ingresaron a los diarios. Mary Twombly dijo en 1889 algo que aclara mejor las cosas. “La forma más sencilla y diría la única manera de que una mujer empiece una carrera en la prensa es escribiendo lo que el hombre considera como temas absolutamente femeninos:ropa, cuidado de la casa, etcétera.”

 

Además de tratar temas exclusivos del universo femenino los directores de diarios permitieron, no sin cierto recelo, que las periodistas cubrieran otros hechos como crímenes o historias de vida siempre y cuando lo hicieran desde “el punto de vista femenino”. Ese concepto generó división dentro de las reporteras. Algunas consideraban que sí había una habilidad especial de las mujeres para abordar la realidad. “El cerebro no tiene sexo -decía Margherita Arlina Hamm-. Pero es obvio que existe una habilidad emocional especial de las mujeres”. Marie Manning, al contrario, decía que no sabía lo que significaba un punto de vista femenino: “la historia es buena o mala sin importar el sexo del autor”.

 

En los capítulos siguientes la autora se aboca a la tarea de rescatar a cada periodista de la época y algunos de los trabajos que las reporteras concretaron: desde el periodismo de inmersión de Nelly Bly hasta las crónicas de guerra de Hamm, pasando por las aventuras extremas de Kate Swan, la periodista que escaló el puente del río Harlem y que trabajó como encantadora de serpientes. También recuerda que aunque las mujeres parecían atrapadas en la página femenina algunas aprovecharon ese espacio –al que se denominaba despectivamente como el gallinero- para escribir columnas de opinión sobre los beneficios de la vida de soltera, entre otras propuestas de una todavía pudorosa emancipación.

 

Fahs aborda los debates que generaron las exposiciones públicas de las mujeres en una época en la que estaban reducidas al espacio privado. Señala que más allá de las disputas que existieran entre ellas, casi todas las reporteras coincidían en su fascinación por el trabajo periodístico, por las posibilidades de vivir experiencias que por su género les habían sido vedadas, por la emoción que les generaba el hecho de que al presentar una noticia su director-jefe les dijera “cúbrela”. Las reporteras se convirtieron en exploradoras urbanas que recorrieron sus ciudades en búsqueda de historias, observando y entrevistando personas diversas. Ese trabajo creó un compromiso entre las mujeres y la vida pública, más específicamente en la lucha por la igualdad racial y el voto, un tema que es abordado en el epílogo del libro.

 

Out on assigment, además de aportar con la recuperación de un material periodístico que permanecía olvidado, también invita a pensar a los medios de comunicación como un espacio público en el que todavía se desarrollan disputas por la igualdad de género. ¿Cuántas veces no se tiene que debatir el lenguaje empleado por los periodistas cuando se refieren, por ejemplo, a las frecuentes situaciones de violencia contra las mujeres? ¿Acaso no hay espacios del trabajo periodístico destinados exclusivamente para mujeres? ¿Cuáles son los gallineros de hoy?

 

El que aquí se reseña es además un libro que permite a los no periodistas descubrir el fascinante mundo que transcurre tras las bambalinas del trabajo periodístico, y, para los periodistas formados, volver a conectarse con la emoción que se siempre produce al investigar un tema y darle palabras a una buena historia.

 

Alice Fahs. Out on Assignment: Newspaper Women and the Making of Modern Public Space. Chapel Hill: The North Carolina University Press, 2011.

 

* Reseñado por Víctor Castillo. Asistente graduado de investigación. Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia.

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Reseña de


"Front-Page Girls:
Women Journalists
in American Culture and Fiction",

de Jean marie lutes

Por: Daniel Alejandro Hernández Ardila*

En los estudios literarios, el periodismo y la ficción narrativa tienen una estrecha relación. Con el surgimiento del Realismo, esta relación se hizo mucho más explícita. Los cambios en las prácticas periodísticas hacia el final del siglo XIX, especialmente hacia métodos de reportaje que pretendían ser más objetivos, permitieron que escritores como William Dean Howells y Henry James usaran sus experiencias con el periodismo para desarrollar nuevas perspectivas sobre la vida moderna.

 

Asimismo, en el siglo XIX, en la poesía de Charles Baudelaire aparece una figura emblemática de la experiencia urbana y moderna: el flâneur, un hombre que vaga por la ciudad perdiendo el tiempo ―y que tiene todo el tiempo para quedarse― mirando cualquier cosa. La figura del reportero, ya sea como autor (James, Hemingway, etc.) o como personaje (flâneur) hace parte de la cultura estadounidense. Sin embargo, esta asociación tiene un sesgo sexista, pues deja de lado la figura de la reportera, que también ha contribuido al acervo cultural estadounidense. En Front-Page Girls (2006), Jean Marie Lutes, profesora asociada y directora académica del Centro de estudios de género y mujeres de la Universidad de Villanova, discute el significado cultural y literario del legado de las periodistas de finales del siglo XIX e indaga sobre la figura de la reportera en la cultura estadounidense desde 1880 hasta 1920.

 

Lutes pretende al menos dos cosas. Por un lado, al contradecir el prejuicio de que las mujeres periodistas siempre han sido pocas y distantes entre ellas, quiere recuperar una tradición de reportaje femenino que se remonta a finales del siglo XIX. Por otra parte, demuestra que esta tradición es útil para replantear la concepción que usualmente se tiene no sólo del periodismo sino también del realismo y el modernismo estadounidenses.

 

Mientras que históricamente el reportero se ha pensado de manera similar al sujeto moderno, i.e. como un ser neutral, objetivo y universal, Lutes afirma que el “espectáculo” público de la periodista da luces a una tradición alternativa de reportero-novelista, que no consiste en una separación total de la situación, en la toma de una distancia crítica para la observación precisa sino que por el contrario se vale de la cercanía a las realidades íntimas y profundamente subjetivas de la experiencia física (11). Para la reportera, la línea que separa la historia que está contando y su propia postura como una observadora empática es muy borrosa. De este modo, la autora estudia la manera como, desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, el rol de la reportera media las tensiones entre la publicidad y la intimidad, el periodismo y la ficción, y la abstracción de la autoría literaria y la experiencia de la realización (10).

 

Los tres primeros capítulos del libro se enfocan en mujeres significativas en la historia del periodismo estadounidense. En el primer capítulo, titulado “Into the Madhouse with Girl Stunt Reporters”, Jean Marie Lutes estudia a la chica stunt con su figura paradigmática, Nellie Bly. La autora expone la forma como la chica stunt pone en riesgo su cuerpo de formas que impulsaron su carrera y simultáneamente desafiaron los discursos dominantes del momento. En una época en la que se celebraba el profesionalismo aparentemente desinteresado, racional y abstracto, las reporteras stunt resaltan en sus reportajes sensaciones específicas incorporadas de sus experiencias subjetivas. Lutes sostiene que el éxito y la fama que tuvieron las chicas stunt estaba basado en supuestos de finales del siglo XIX respecto de la raza, la clase social y el género compartidos con las audiencias.

 

El segundo capítulo se titula “The African American Newswoman as National Icon”. En este capítulo, mediante el estudio de ilustraciones de periódicos de la época, la autora expone la forma como era interpretado el cuerpo femenino. Se enfoca en Ida B. Wells, una famosa periodista afroamericana que lanzó una campaña internacional contra el linchamiento, y la sitúa dentro de un contexto más amplio en el periodismo afroamericano. Señala que las campañas de Wells contra el linchamiento presentaban atrocidades, las cuales eran en sí mismas impactantes y daban indicios de la vulnerabilidad física de Wells. El estilo más objetivo e independiente de Wells no fue formado en deferencia a los valores de la ciencia y el realismo literario, sino que era una respuesta a sus temas y contribuyó a la formación de lo que Lutes llama un contrapúblico negro nutrido por una abundancia de periódicos negros a finales del siglo XIX (43). Más adelante, la autora sostiene que mientras los supuestos sobre la raza limitaron la manera en que la obra de Wells fue recibida por la prensa blanca, los aportes de las escritoras tuvieron mayor aceptación en este naciente contrapúblico negro.

 

En el tercer capítulo, “The Original Sob Sisters: Writers on Trial”, la autora usa el juicio de Harry Kendall por asesinato en 1907 para mostrar el sorprendente contraste entre la representación de las “hermanas lloronas” –un pequeño grupo de reporteras que cubrió el juicio– y el mucho más grande contingente de reporteros hombres. También describe las diferencias entre las mujeres periodistas y Evelyn, la esposa del acusado, quien ha sido la amante de la víctima, el arquitecto Stanford White.

 

Tal como en los primeros dos capítulos, Lutes muestra de manera convincente cómo el énfasis en el cuerpo femenino sesgó no sólo las impresiones del cubrimiento del juicio en su momento, sino también sesgó el registro histórico de ese cubrimiento. Como ella explica, a pesar de las pequeñas diferencias en la forma en que reporteros y reporteras cubrieron el juicio, “The ‘sob sister’ label illustrates how easily misogynist stereotypes could be marshaled to restrict women’s profesional progress; the snappy phrase slipped newswomen into a well articulated and easily dismissed category” (70).

 

En los dos capítulos finales del libro, Lutes explora la figura de la reportera en la ficción. El capítulo cuatro, “A Reporter Heroine’s Evolution”, es esclarecedor. En este capítulo la autora analiza la caracterización que hace Henry James de la reportera Henrietta Stackpole en las ediciones de 1881 y 1908 de The Portrait of a Lady. En la edición de 1881, Henrietta es claramente un simpático ejemplo de la joven estadounidense aventurera. Sin embargo, en la edición de 1908, Henrietta se ha transformado en una mujer agresiva y poco atractiva.

 

Para la autora, este cambio en la caracterización que James hace de Stackpole refleja los cambios en las actitudes públicas hacia las mujeres periodistas. En el capítulo cinco, “From News to Novels”, Lutes se enfoca en la carrera de tres escritoras: Edna Ferber, Willa Cather, y Djuna Barnes. Sostiene que cada una de estas escritoras desarrolló su propio modelo de autoría en tanto negociaron asuntos de publicidad, espectáculo y la presencia del cuerpo femenino en sus escritos. Ferber resaltó el periodismo como una forma particular de trabajo, Cather lo contrastó con el arte, y Barnes volvió a los aspectos sensacionalistas del periodismo en su exploración de la sexualidad y la transgresión.

 

A través de la lectura de textos de ficción y no ficción, Lutes describe nuevos elementos de la relación entre periodismo y literatura durante un momento significativo del desarrollo cultural estadounidense. Siguiendo el rastro de esta historia, Lutes termina en su epílogo “Girl Reporters on Film”. En este analiza las figuras de Bridget Jones en El diario de Bridget Jones y la de Carrie Bradshaw en Sex and the City y concluye que, luego de un siglo del surgimiento de la figura de Nelly Bly, el retrato de la reportera en la cultura popular estadounidense no ha cambiado mucho.

 

En Front-Page Girls, Lutes argumenta persuasivamente por la inclusión de las periodistas en la narrativa dominante de la relación entre el periodismo y la ficción en los estudios literarios. Al hacerlo, también llama la atención sobre el relativamente escaso trabajo académico sobre mujeres periodistas –como profesionales y como personajes (o quizá caricaturas)– durante finales del siglo XIX y principios del XX. Así, el libro es esclarecedor, Lutes no sólo amplia nuestra comprensión de las mujeres como periodistas y escritoras de ficción, sino que también señala el considerable trabajo que queda por hacer en una completa recuperación –y reconocimiento– de los importantes aportes de estas mujeres.

 

Jean Marie Lutes. Front-Page Girls: Women Journalists in American Culture and Fiction. Ithaca: Cornell University Press, 2006

 

* Reseñado por Daniel Alejandro Hernández Ardila, Monitor de Investigación, Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia

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Reseña de: 


"The Sweet Sixteen:
The Journey that Inspired
the Canadian Women’s Press Club",

de linda kay

Por: Daniel Alejandro Hernández Ardila*

En el cambio del siglo XIX al XX las mujeres en Canadá no tenían derecho a votar en elecciones federales ni provinciales. La imagen de la mujer casada, dedicada al hogar, hacía parte de los estándares de respetabilidad y buen nombre. La imagen de la mujer que trabajaba y estaba fuera del hogar era una idea chocante, para nada extendida en la sociedad. Las mujeres, una vez casadas, encontraban serias dificultades para continuar una carrera profesional y muchas más dificultades para conseguir un empleo de tiempo completo. En 1904, en medio de estas condiciones, dieciséis mujeres canadienses periodistas emprendieron un viaje desde su país hacia St. Louis, Louisiana, con el fin de visitar la Feria del mundo que allí tenía lugar. En The Sweet Sixteen (2012), Linda Kay ―profesora del Departamento de Periodismo de la Universidad de Concordia, en Montreal― intenta reconstruir paso a paso ese viaje que sería definitivo en la búsqueda de legitimidad profesional como periodistas, y también en la conformación del Club de Prensa de Mujeres Canadienses (CWPC por sus siglas en inglés).

 

Kay introduce brevemente lo que significaba ser mujer y periodista en la Canadá del cambio de siglo. Sostiene que las pocas mujeres que trabajaban como periodistas ―apenas una docena― eran mujeres paradójicas pues a la vez que trabajaban y, en cierta medida, se estaban empoderando, también habían nacido y se habían criado en la era victoriana. Por esto, las mujeres periodistas caminaban sobre una línea muy delgada entre el hecho de ser mujeres de mente más abierta y el hecho de sentirse compelidas a responder a las normas sociales que les decían que, dada su condición de mujeres, dedicarse enteramente al matrimonio y la maternidad era seguir el llamado verdadero. Kay también menciona que la gran parte de las mujeres periodistas había sido educada para ser profesora y explica cómo esa formación juega un papel fundamental en la relación de las periodistas con su público lector, pues ellas se veían a sí mismas como tutoras y guías de sus lectores y por ende tenían el propósito de educarlos.

 

Dichos lectores generalmente eran lectoras, pues en la gran mayoría de los casos las periodistas eran contratadas para escribir y editar una sección de los periódicos conocida como “La página de la mujer”. Esta sección usualmente aparecía en las ediciones sabatinas y estaba diseñada con el fin expreso de atraer lectoras. Kay señala que a finales del siglo XIX y a comienzos del XX los periódicos eran muy populares en Canadá debido a la expansión urbana por la que estaban pasando ciudades como Toronto y Montreal. Al insertarse en un circuito de circulación en masa, tener una amplia audiencia y no estar suscritos a ningún partido político ni comunidad religiosa que los financie, los periódicos necesitan encontrar formas de conseguir recursos. La autora sostiene que para los publicistas de esa época las mujeres eran las que tenían mayor poder de decisión en las compras, y por esto era del interés de los periódicos y sus dueños atraer el mayor número de lectoras posible.

 

Escribir para esta sección femenina de los periódicos limitaba muchísimo los temas que las escritoras podían tratar. Estos se reducían a asuntos del ámbito doméstico, eventos sociales, y a la etiqueta, la moral y las buenas costumbres. Esta es una de las razones por las que Kay considera que la travesía que emprenden estas mujeres hacia Louisiana es una gran oportunidad. Al tener el objetivo de visitar la Feria del mundo de St. Louis, el viaje permite a las periodistas hablar de temas de los que no podían hablar en “La página de la mujer”, les permite cubrir una gran historia y esto, a su vez, las pone en una posición más cercana a la paridad con sus colegas hombres.

 

Las fuentes que Kay utiliza como punto de partida son los artículos escritos por estas dieciséis mujeres sobre la excursión a St. Louis. Esto constituye un esfuerzo monumental porque en esa época las periodistas firmaban sus artículos con un pseudónimo e incluso en algunos casos tenían más de uno. Además, estas mujeres estaban escribiendo para un total de treinta y cuatro publicaciones en Canadá y Estados Unidos y, por eso, la verificación de la verdadera identidad de las mujeres que escribían en los periódicos de la época es engorrosa. Además de consultar los artículos escritos por las periodistas, la autora trabaja con los archivos privados de estas mujeres –diarios y correspondencia– y con la información que obtiene de las entrevistas con los familiares de las periodistas y de las personas que estuvieron estrechamente relacionadas con el viaje.

 

En The Sweet Sixteen, Linda Kay plantea varias preguntas: ¿Quiénes eran estas mujeres que viajaron por primera vez a una exposición universal en calidad de reporteras? ¿Qué vieron e hicieron en el viaje? ¿De qué decidieron escribir? ¿Cómo sus diversas identidades se fusionan y salen a flote cuando cruzan la frontera? ¿Cómo las afectó el viaje personal y profesionalmente? ¿Qué nos dice esta experiencia sobre mujeres periodistas en Canadá a comienzos del siglo XX cuando las mujeres estaban ganando un lugar en el campo? ¿Qué nos dice su experiencia de la sociedad canadiense de esa época? Para responder estas preguntas, la autora trae a colación elementos biográficos de estas mujeres dentro del contexto social y político de Canadá a comienzos del siglo XX. Sin embargo, hay demasiados detalles que si bien pueden consignarse para dar una sensación de veracidad y completitud hacen que sea difícil y tedioso para el lector seguir el hilo de las dieciséis mujeres. Con todo, estos elementos le permiten al lector no sólo empezar a responder las preguntas sino dibujar una imagen del grupo que viajó a St. Louis y de las divergencias y las convergencias.

 

Salvo algunas excepciones como Sara Jeannette Duncan, quien tuvo una vida complicada y trabajó mucho tiempo en malas condiciones laborales, el grupo estaba conformado por mujeres de clase media y alta. Una buena parte de ellas hacía parte de la élite de Quebec y creció un en mundo no sólo lleno de privilegios económicos y sociales sino también con una rica formación cultural y artística. Mujeres como Robertine Barry y Honoré Beaugrand no eran meras periodistas; también usaban las plataformas de prensa para hacer lobby por el acceso a la educación superior y el mejoramiento de las condiciones laborales de las mujeres. Además eran activas gestoras culturales que se esforzaban por desarrollar una cultura literaria y artística en Quebec, así como promocionar escritores y poetas locales.

 

Kay pretende mostrar que las diferencias culturales entre las partes del país que hablan lenguas distintas se reflejan en este grupo de periodistas. De las dieciséis mujeres que fueron a St. Louis, ocho de ellas venían de la parte angloparlante de Canadá y las otras ocho de la francoparlante. De acuerdo con la autora, las diferencias culturales propiciadas por pertenecer a partes distintas de Canadá y hablar lenguas diferentes configuraron experiencias múltiples en la Feria del mundo y las elecciones que cada mujer hizo acerca de lo que vio en la feria y lo que iba a escribir reflejan su identidad lingüística y cultural. No obstante, no profundiza mucho en esto e interpreta ciertas decisiones que podrían ser simplemente circunstanciales como reflejo de la identidad lingüística. Incluso si así lo fuesen, Kay no va mucho más allá de la observación. Por ejemplo, menciona que al recorrer la feria las mujeres francófonas se interesaron más por el pabellón francés mientras que las angloparlantes se interesaron más por la obra de pintores ingleses en el edificio de Bellas Artes.

 

En el viaje de regreso, las mujeres discutieron la conformación de una organización de prensa para las mujeres periodistas en Canadá. La autora sostiene que probablemente esta idea surgió de los encuentros que tuvieron con clubes de prensa femeninos en las paradas en Chicago y Detroit. El CWPC tenía propósitos concretos como la promoción y protección de los intereses profesionales de sus miembros, estimular un sentimiento nacionalista en las publicaciones e incentivar la excelencia en la escritura periodística. El CWPC creció mucho en la primera mitad del siglo XX y alcanzó a tener setecientos miembros, pero hacia la década de 1970 sus números empezaron a caer. Kay sostiene que esta decaída fue causada por la aparición de movimientos feministas que cambiaron muchos aspectos de la vida de las mujeres, cada vez se sentía menos la necesidad de tener un club de prensa y además este ya no estaba muy enfocado en la formación profesional de sus miembros. En la celebración del centenario, en el 2004, se anunció el cierre definitivo.

 

Con un estilo narrativo similar al de una crónica periodística, Linda Kay se aproxima de una forma bien documentada, quizá muy sencilla, al proceso de constitución de una las organizaciones de prensa que sería la voz de las mujeres canadienses por un buen tiempo. A pesar de la ausencia de aparatos teóricos para aproximarse al tema, el libro puede ser de interés para historiadores de prensa que estudien medios y mujeres o la consolidación de organizaciones de prensa.

 

Linda Kay. The Sweet Sixteen: The Journey that Inspired the Canadian Women’s Press Club. Montreal: McGill-Queen’s University Press, 2012

 

Reseñado por Daniel Alejandro Hernández Ardila, monitor de investigación, Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia.

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